La bruja holandesa y el Tercio maldito (Parte II)

Paisaje brumoso (Artheos, Pixabay)

En el artículo anterior habíamos dejado a uno de nuestros académicos a punto de ir a cenar a casa de una recién conocida para aclarar un misterioso asunto en el que se cruzan un Tercio de Flandes, una bruja, Napoleón y una película muda (puede leerse aquí). Ahora continuamos.

Me pasó una tarjeta con su dirección y la hora del encuentro. Me disculpé y me levanté de mi asiento porque quedaba poco para la hora de cierre de la mayoría de establecimientos que podían servir algo para cenar. Letta sonrió una vez más mientras llamaba por el móvil a un amigo especialista en el peritaje de películas antiguas para que me diese alguna lección rápida.

A las 19:00 –algo tarde para cenar por aquellos lares- llamaba a la puerta de Letta. Llevaba conmigo una cesta con bitterballen (parecidas a las croquetas), patatas con mayonesa, queso gouda, algo que parecía una ración de arenques, varios pannekoeken y una botella de un licor parecido a las natillas que aquí llaman “advocaat”. Sí… una cena sofisticada.

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La bruja holandesa y el tercio maldito (Parte I)

A todo aquel que pasa por la ciudad de Oudewater, en Utrecht (Países Bajos) le llama atención una curiosa atracción turística: la casa de pesaje de la ciudad en la que se encuentra nada más y nada menos que una báscula en la que se pesaba a aquellas personas sospechosas de tratar con la brujería. La cosa era sencilla: dado que las brujas no pesaban nada (¿cómo si no iban a hacer para volar?) pesarlas era, supuestamente, un buen método para detectarlas.
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Klingsor anduvo suelto por Madrid (I)

Madrid, hacia 1914

Uno se sorprendería al conocer qué personalidades de la cultura han estado ligadas a la Academia y qué historias nos han contado que podrían bien ser parte de uno de sus relatos. Escribo esto y recuerdo una conversación que tuve con el en su tiempo afamado y ahora tristemente olvidado Jesús de Aragón y Soldado. El buen escritor, conocido como “El Julio Verne español” tuvo entre sus conocidos a numerosos prebostes literarios y a otros autores que hoy tendrían el título de “outsiders” (permítaseme el anglicismo). Uno de ellos fue el bohemio Emilio Carrere, eso ya lo sabemos todos. Como sabemos todos que el libro más destacado de Carrere “La torre de los siete jorobados” debe gran parte de su contenido a de Aragón.

Precisamente al hilo de una conversación en torno a la relación de Carrere y de Aragón este último me contó una extraña historia que don Emilio le reveló cuando hicieron sociedad para escribir el libro. Trataré de contarla lo mejor que sé y según lo que mejor recuerdo.

De Aragón me contó que al pedir referencias a Carrere sobre los capítulos en los que se citaban extrañas invocaciones mágicas, el bohemio relató un suceso extraordinario.
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