El mochilero Munchausen se adentra en el Himalaya

Aunque la RAR fue en un principio creada para investigar, aclarar, explicar y difundir los diversos casos extraños y rarezas de nuestro país, en poco tiempo nuestra misión se volvió más internacional. Así, desde principios del siglo XIX la institución ha confiado misiones a investigadores de otros países y ha participado en expediciones de ámbito mundial. Hay ejemplos exitosos como la misión de Rasmussen para encontrar la mítica Thule Hiperbórea; otros malogrados como el viaje de Alessio Iantosca, que partió en busca del reino del Preste Juan; e incluso algún que otro ejemplo en el que la Academia fue vilmente engañada como la expedición Dravot-Carnehan, que sospechamos fue en realidad una tapadera utilizada por dos granujas para contrabandear con armas en lo que fue Kafiristán.

A día de hoy seguimos contando con crónicas de exploradores y aventureros extranjeros. Uno de los más destacados es Franz «Mochilero» Munchausen, heredero de una larga tradición de viajeros originarios de la Baja Sajonia. Cada cierto tiempo -y cuando la conexión a Internet lo permite- nos manda una crónica de sus insólitos y singulares periplos. En estos momentos se encuentra recorriendo el Himalaya  y su más reciente mensaje nos dice así:

Monje budista
Uno de los sabios monjes que me atendió

«Comienzo mi relato en el país de los Ek say, un país para pasar no más de un par de días y no porque sea un lugar peligroso. Más bien es porque es un territorio tan pequeño que en apenas media tarde se ha recorrido su perímetro, de ahí que sólo tenga cien habitantes – de hecho el nombre de su país significa “cien” en nepalí-. Todos los habitantes pertenecen a la misma congregación budista y acostumbran a pasarse el día meditando en posición de Buda Vairochana. De hecho en todo el tiempo que estuve ahí  -repito, dos días- sólo vi moverse a cuatro habitantes que, dicho sea de paso, me dijeron que los 96 monjes restantes llevan más de tres siglos y medio en perfecto estado meditativo tukdam sin comer ni beber, sólo viviendo del aire. Eso me llevó a preguntarme si realmente no estaría en un museo de momias. De manera imprudente pregunté a uno de los monjes animados cómo se las pudieron apañar en una zona como aquella, tan convulsa, sin ser conquistados por las diferentes potencias que han hecho y deshecho en aquella parte del mundo.

-Es fácil- me dijo mi guía apoyado en el dintel del único y principal templo del lugar –. Todos los imperialistas han pensado que no merecía la pena tomar un lugar tan aburrido. ¿Acaso usted gastaría sus fuerzas y sus recursos  conquistando un recuadro de hierba cuando puede ir por un castillo?

Por un momento envidié su astucia, pero el prusiano que hay en mí pensó que la resistencia pasiva llevada al extremo puede ser eficaz, pero no práctica.»

Este mensaje nos llegó hace muy poco, confiamos en que el buen Franz siga enviando sus singulares crónicas. Por supuesto, mantendremos informados a los lectores de este boletín.

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