El mochilero Munchuasen sigue su aventura en el Himalaya

Nuestro peculiar aventurero, al que llamamos «Mochilero Munchausen» se ha vuelto a poner en contacto con nosostros y nos ha mandado una breve crónica de la continuación de su viaje por el Himalaya. Si el lector desea ver la crónica precedente sólo tiene que seguir este enlace.

«Pasados unos días de poco interés visitando pueblos en las laderas del Mahalangur Himal llegué a un pacífico valle. No sería nada reseñable si no fuera porque cuando lo atravesé comencé a sentir un extraño frío en los pies y una sensación pegajosa en las piernas. Me las miré y me vi las perneras del pantalón completamente mojadas. Pensé que sería puro sudor –ya sabéis que las temperaturas en aquella parte del mundo suelen ser exageradas- así que seguí avanzando. Mientras lo hacía esa sensación de frío y la sensación de estar mojado fue subiendo por mi cuerpo.

Instintivamente me quedé parado cuando la sentí a la altura de la garganta. Y no lo creeréis, pero en ese momento ¡junto a mi pecho pasó volando una carpa de color naranja! No, no estaba soñando. Tras la carpa pasaron, suspendidos en el aire, un par de troncos y un cardumen de pequeños peces grises.  Traté de salir corriendo de ahí, me escurrí y, de repente, vino una sensación de ahogo como nunca había sentido antes.

Afortunadamente llegó una bella muchacha nepalí, suspendida en el aire, y me arrastró al otro lado del valle. Ya en un lugar seguro me dio un golpe en el pecho y, aunque no vi nada, noté que de mi boca salía un pequeño torrente.

– ¡Ay! A los extranjeros siempre les pasa lo mismo – dijo la chica. – ¿Cuándo os daréis cuenta de que estáis atravesando un río de agua pura?

Entonces me percaté de lo que ocurría. Infeliz e imprudente de mí había tratado de atravesar un torrente con el agua más límpida del mundo. Tan transparente era que parecía no existir. En cuanto me recuperé pedí a la joven una botella y la llené con ese líquido tan puro. La hubiese traído para enseñárosla, pero tristemente no me di cuenta y ayer apagué el fuego de mi campamento con ella.

Curso del río con el agua más pura. Aquí casi me ahogo.

Mojado, cansando, hambriento y sorprendido pedí a mi salvadora en  torpe nepalí si podía recomendarme un buen lugar para descansar. La buena chica me dijo que podía acompañarla a su aldea, que estaba a muy poca distancia.  ¡Imaginad mi sorpresa, amigos y amigas, cuando me dijo que venía de la mismísima Shangri-La! Evidentemente no se trataba de esa ciudad de nuevo cuño que, en China, se ha adueñado del nombre del mítico lugar ¡sino del mismísimo sitio que describía James Hilton!

Ya me veía llenando titulares de periódicos, devolviendo a mi apellido su perdido esplendor, ocupando mi lugar en la historia.

Sin embargo de sus cúpulas doradas, de su fantástica magnificencia ya no queda nada. ¡Nada! Cuando llegué sólo había unas ruinas enormes, ciclópeas a las que rodeaban numerosas casas de estilo tradicional nepalí. No pude ocultar mi decepción a mí joven guía por mucho que lo intenté, pero la chica sonrió. Es más, la noté hasta aliviada. De hecho me fijé en que en su hospitalidad, y también en la de su familia, había un elemento de jovialidad.

Me hubiese gustado haberos contado más de Shangri-La, pero sólo lo puedo resumir en una excelente cena en compañía de una excelente gente acompañada de una excelente charla y seguida de una excelente sesión de sueño en una sencilla pero excelente cama. Al día siguiente decidí que ya había abusado de las buenas personas del lugar y me despedí de  la joven así como de su familia. Por supuesto me excusé por mi primera decepción a lo que mi joven amiga respondió de una manera que sólo he escuchado en sabios mucho más viejos que ella.

-No tienes por qué preocuparte. Hay una Shangri-La por cada viajero, una distinta según las ambiciones de cada viajero… pero tus ojos han sabido ver la Shangri-La verdadera.

Niños de Shangri-La
Niños de Shangri-La

Aún le doy muchas vueltas al asunto porque, he de decirlo, no sé todavía si la Shangri-La verdadera es la que se encuentra en la felicidad de las pequeñas cosas  o ese cúmulo de ruinas desordenadas que, tristemente, me hicieron dejar de creer en una leyenda. Me dieron ganas de llevarme una piedra del lugar para enseñárosla, pero lo juzgué de mala educación después del trato que las buenas gentes me dispensaron».

Dejamos a Franz pues con sus tribulaciones y emplazamos al lector a la próxima sesión de sus extraños viajes.

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